Esta compañía nace en Guadalajara, Jalisco, en 1992. Desde entonces, privilegia la experimentación como el detonador del proceso creativo y del encuentro de una voz propia. La compañía fundamenta su quehacer en la búsqueda de libertad interior y espiritualidad, no exenta de un compromiso profundo y de un rigor absoluto. Actualmente tiene su sede en Guanajuato y desde ahí construye puentes de colaboración con artistas de diferentes latitudes.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Entre sueños y flores
El canto nocturnal del cuerpo-tiempo

“¿Qué visitáis tan lejos que es necesario que soñemos, y en soñar perdamos la vida y aún soñemos?”, es una pregunta que José Lezama Lima quiso leer en Pluies (Lluvias), de Saint-John Perse, al momento de realizar la más libre traducción al idioma español que experimentar pudiera la obra de este portentoso poeta nacido –apunta José Emilio Pacheco- “en el Caribe recreado por Carpentier en El Siglo de las Luces”.
Casi como un estigma de fatalidad, los poetas detentan el pulso de su era; en fechas cercanas al embeleso que Lezama experimentó en torno a los continentes y los contenidos del autor de Anábasis (dimensiones fincadas en lo humano como signo toral de lo que es), Michel Foucault redactaba un cuadernillo –El pensamiento del afuera- repleto de consideraciones inquietantes acerca del no-lugar de la palabra: un ámbito abisal en el que la palabra de la palabra encara la ausencia de sí como atributo del sujeto, propiciando de tal modo “la experiencia desnuda del lenguaje”. Paralelamente, en esa otra realidad que las naciones del Oriente asumen como constitución de fundamento, germinaban las semillas de la no-representación corporal plantadas por Tatsumi Hijikata mediante la prodigiosa invención por él llamada Ankoku Butō: los movimientos del Hombre electrizando un limbo en el que gesto y elocuencia postural accederían a un estado de suspensión para favorecer la emergencia de alocuciones provenientes de otro tipo de cuerpo; un cuerpo-tiempo.
Invoco realizaciones de un grado cero del decir que encuentro familiarizadas con la pieza Entre sueños y flores, producida por dos colectivos notables de la escena mexicana: Delfos, Danza Contemporánea, y la Compañía de Danza Experimental, que dirige Lola Lince. Las intérpretes de este dueto, en el que tienden a desdibujarse nociones ligadas a la estructura como forma (favoreciendo la visualización de particularidades de la estructura como intensidad), Lola Lince y Claudia Lavista, elaboran un dispositivo de despojamiento a tal punto fino que su origen y sostén sólo se antojan concebibles desde un extenso cuidado de amor al Ser, a ser. Y he aquí que este trabajo, dirigido por Víctor Manuel Ruiz, merece la completa atención de quienes creemos con firmeza que otra danza es posible: aquí, ahora.
Dicha singularidad aparece en Entre sueños… precisamente como una vaguedad, un extravío. Dos espectros con talante de mujer deambulan allende la distancia; tan lejos, que su imposición a los sentidos demanda la instauración del mundo fantasmal que se encuentra detrás del mundo onírico. Des-apariciones, des-aprensiones, transitividad de la vehemencia hacia los territorios concernientes a los oficios de tinieblas; el cuerpo como linde de la pérdida del cuerpo; nocturnal devenir en el que el plenilunio de la potencia del soñar trasciende la carencia, la intención, incluso; porque es de la merma de lo que se trata el adquirir el ritmo del afuera: vaciamiento, des-inhibición; vapor es.
La potencia orgiástica de la obra es eminentemente metafórica; no así su coyuntura estructural, que propende a la fabulación de timbre claro: el periplo de dos almas destinadas a portar, in illo tempore, su vehemencia maldita (el "polvo enamorado", de Francisco de Quevedo). 
En dicha coyuntura, la pieza muestra un par de inconsistencias: un vestuario subido de peso significante y una iluminación que asume protagonismos indebidos, en ocasiones con un desacertado guiño al show. Ambos contextos comprometen la actitud de la música, restándole autonomía poética.
Por el contrario, bajo el aura de una potencia gaudendi excepcional, la creación de las intérpretes se planta como un rito de pasaje, ante el cual ofrendan un progresivo desvelamiento energético que va de lo sutil hacia el portento. Un crescendo psicofísico comandado por la insólita inventiva corporal de Lola Lince, quien se encuentra actuando ya en un plano artístico absolutamente fuera de serie: el área donde los grandes maestros del estado de danza han dicho sin palabras su Visión de Verdad. En su proceso, portador de una hermosa madurez de labor, Claudia Lavista se arroja, desafiante, valiente, al abismo de transformación que aguardaba por ella tiempo ha. Las consecuencias de esta entrega son conmovedoras y junto con el prodigio entregado por Lince suman a la consolidación de una notable idea poética en torno al mayor de los misterios.
Víctor Manuel Ruiz, el director de este conjunto que sin duda ha trabajado como un núcleo de intercambio de ideas y experimentos, retorna, después de más de veinte años, a la intimidad preciosista que tan bien parió el origen de Delfos como grupo estable (Trío y cordón, 1994), para hacernos vislumbrar las texturas tanáticas de una voluntad de ensueño erótico (des)encarnada en el ritmo sin pulso de dos entidades que se pierden y se encuentran y se pierden dialogando entre sí y con sus deudos a través de una proxemia de vaho, de ceniza. Danza de lujo en el estado más precario del sentido intencional: aquel donde los conceptos relacionados con las bases del Ser constituyen los umbrales del afuera. Danza que guarda el mar dentro de una botella de contornos transparentes que trascienden la noción de lo difuso: inexistentes.
Ante lo visto y comentado pensaremos que tal vez la danza no sea más que una forma suntuaria (en extremo lujosa, pues prescinde del concepto posesión) de dejar pasar el tiempo, pasar entre nosotros; de permitir que nos penetre desde su empuje voraz y no significante, de abandonarnos a su voz enmudecida para fingirnos proclives a canjear cualquier probable ilusión de eternidad por tan sólo un momento; un momento exquisito que nos permita vislumbrar que ha valido la pena haber vivido; este momento, por ejemplo –garabateado sutilmente Entre sueños y flores-, que se va, que se fue, que adviene. (Gustavo Emilio Rosales)
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Entre Sueños y Flores (2016)
Dirección y coreografía: Víctor Manuel Ruiz*
Intérpretes y creadoras: Claudia Lavista** y Lola Lince***
Diseño de vestuario: Johnny Millán
Realización de vestuario: Liliana Escobedo
Música: Thomas Tallis, Bach, Lucas Vidal, Jhon O Conor y Bizet
Iluminación y edición musical: Víctor Manuel Ruiz
Miembros del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fondo Nacional para la
Cultura y las Artes * 2013-2016 / ** 2015-2018/ *** 2015-2018



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